De un sombrero viejo que está con la copa vuelta hacia arriba en el pavimento saca unas monedas y unos billetes, escupe sus dedos y se pone a contar. Apenas llega a ciento cincuenta. El café con tortita cuesta trescientos pesos.
Toma el micrófono que había dejado, enciende el parlante y comienza a sonar "Brandy". Canta al ritmo de la música. El reloj de la catedral dá las siete treinta.
De la escalera del edificio contiguo bajan dos hombres con boinas, bufandas y abrigos de cuero, muy bien vestidos, muy elegantes. Uno de ellos enciende un cigarrillo, mira al cantor y hace una mueca grotesca. El otro mira con el rabillo del ojo. Ambos con zapatos negros bien lustrados.
El cantor advierte las muecas y las miradas y sigue cantando, aunque los insulta en su mente. Vapor sale de su boca y su cuerpo lucha para no destemplarse.
"..ven conmigo al fuego, ven conmigo..."
Pasa una señora mayor y deja un billete de cien pesos en el sombrero, sin mirar al cantor. Asiente con su cabeza para agradecer a la señora, sin dejar su canto.
"...que el invierno está arreciando y me muero sin su amor..."
Por la plaza, justo enfrente, camina una mujer hermosa que voltea a mirar al cantor y luego sigue su camino meneando la cabeza. El cantor advierte que la mujer mira sus pantalones, que ya tienen mucho roce, y los gastados zapatos. "Si, te conozco", piensa, "sos la del lupanar, no te hagas la gran señora".
"...vamos a brindar con brandy por favor amigo..."
Un escozor en la garganta le hace toser. ¿Cómo cubrirse la boca si uno está cantando?, piensa.
Llega un gordo en una bicicleta, a la que va atado un carrito con termos llenos de café y una bolsa de papel llena de tortitas, carraspea y escupe en la acequia.
- ¡Negro, eh negro! - grita -. Mal día para cantar, ¿no, negro? Hoy tenés voz aflautada -. El gordo ríe y carraspea.
"...que encienda fuego en mi, un trago más para vivir..."
En el parlante se enciende una luz roja que centellea, la batería se agota. Un molesto pitido indica que se va a apagar.
-¡Uh! - dice el gordo -, terminá rápido la canción, negro, o vas a tener que cantar a capela -. Ríe de nuevo y comienza a carraspear.
"...que estoy vacío, amigo..."
Centellea por última vez el parlante y se apaga.
"...vamos a brindar con brandy por favor, amigo..."
- Te lo dije, negro - dice el gordo quedamente -.
El cantor deja el micrófono junto al parlante y frota sus manos.
- Doscientos cincuenta - dice -, fiame el café gordo, luego te pago todo -.
- Hace un mes que escucho eso -. La cara del gordo brilla por la grasa y salen largos pelos de su nariz. Toma un vasito de telgopor y vierte café caliente en él. Acerca el vaso al cantor.
Frente a ellos pasa un hombre delgado, abrigado con chaqueta de color negro, de cuero, con botas de cuero también, y un cigarrillo en la boca.
- ¡Finnegan! - dice el transeúnte sorprendido.
El cantor reconoce de inmediato esa voz pero finge no conocer al señor de chaqueta negra.
- Señor - dice -, ¿Tiene cincuenta pesos?, tengo hambre.
- ¿Qué pasó Finnegan? - pregunta el transeúnte -. El cantor advierte que este hombre le mira con tristeza.
- Cincuenta pesos, Señor - dice - tengo hambre -.
- Ahora no tengo, ¿qué pasó Finnegan? -
- ¡Váyase al diablo! - responde.
El transeúnte se aleja mirando de hito en hito a Finnegan.
- ¡Gordo! - dice Finnegan alcanzándole el parlante - cargame este aparato, por favor, me tiene harto -.
El gordo coloca un cablecito en la parte de atrás del parlante y lo enchufa a una batería portátil.
- Tanta mujerzuela y tanto lupanar - dice levantando la mirada - te han quemado la cabeza a vos. Todo lo llevás allá y lo gastás en unas horas nomás -.
- ¡No te importa a vos! - responde Finnegan.
A lo lejos vislumbra Finnegan a un muchacho de gran altura, con un gorro de lana azul en su cabeza, pantalón buzo, viene de la Catedral en dirección a ellos. La angustia atenaza la garganta de Finnegan. Aprieta los dientes y se pone pálido. No puede menos que caminar hacia la esquina, temblando. El joven dice algo al gordo y luego se retira.
- ¡Dale, que no todo es malo! - dice el gordo acercándose - el lungo te dejó cincuenta pesos -.
- Ese que va ahí..ese... - dice Finnegan señalando.
- ¿Quién?
- Mi muchacho, mi... -
- ¡Si es lo que yo te digo! - ríe en tono burlesco el gordo - tanto lupanar y tanta mujerzuela te han dañado el cerebro -.
Finnegan guarda el sombrero ajado en un petate, junto con el micrófono y el parlante, y se retira sin saludar, en dirección a la Catedral. El gordo ríe y carraspea.
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