martes, 7 de mayo de 2024

Cuando la Tribulación llega

 

En el libro de las Crónicas, de la Sagrada Escritura, se relata que vinieron unos mensajeros a avisar al Rey Josafat que los moabitas y ammonitas venían a atacarle, por lo cual se atemorizó el Rey y se dedicó tiempo completo a buscar al Señor y promulgó un ayuno. Se congregó todo el pueblo en el templo de Jerusalén, en el atrio, para suplicar al Señor que los librase de aquella angustia. Josafat, en medio de la asamblea, oró así al Señor:


Señor, Dios de nuestros padres, ¿no eres Tú Dios en el cielo, y no reinas Tú en todos los reinos de las gentes? ¿No está en tu mano el poder y la fortaleza, sin que haya quien
pueda resistirte? Tú, oh Dios nuestro, expulsaste a los habitantes de este país
delante de Israel, tu pueblo, y lo diste a la posteridad de tu amigo Abrahán
para siempre. Ellos fijaron allí su morada, y te han edificado allí un Santuario
para tu Nombre, diciendo: «Si viniere sobre nosotros algún mal, espada, castigo, peste o hambre, nos presentaremos delante de esta Casa, y delante de tu Rostro, porque tu Nombre reside en esta Casa; y clamaremos a Ti en nuestra angustia; y Tú oirás y nos salvarás.» Ahora bien, he aquí que los hijos de Ammón, y los de Moab y del monte Seír —aquellos cuyos (países) Tú no dejaste invadir por Israel en su salida de la tierra de Egipto, por lo cual Israel se apartó de ellos, sin destruirlos—, he aquí que ellos nos pagan, viniendo para echarnos de tu heredad, que Tú nos diste en herencia. Oh Dios nuestro, ¿no los castigarás? Pues nosotros no tenemos fuerza contra esta gran muchedumbre que
viene contra nosotros; y no sabemos qué hacer. Por eso nuestros ojos se vuelven hacia Ti.”


Los niños lloraban y gemían. Un profeta llamado Jahasiel, presente en la asamblea, inspirado por el Espíritu Santo, dijo:


¡Atended, Judá todo, y vosotros los habitantes de Jerusalén, y tú, oh rey Josafat! Así os dice el Señor: No temáis ni os asustéis ante esta tan grande muchedumbre; porque no es vuestra la guerra, sino de Dios...¡No temáis, ni os amedrentéis! Salid mañana al encuentro de ellos, pues Dios estará con vosotros.”


El Rey y toda la asamblea se postraron para adorar al Señor, y los levitas se levantaron para bendecirlo.


Cierta tarde, mientras Benicio esperaba en una clínica a que lo atendiese el dentista, leyó en su Biblia el pasaje citado y no pudo menos que comparar el temor del Rey Josafat, y lo que hizo después, con su propio temor y lo que él hacía cuando le venía el mal, el hambre, la enfermedad, la falta de dinero, en suma, cualquier adversidad, la tentación. Benicio concluía que, cada vez que los problemas se presentaban, él se sumía en el temor, pero un temor que lo llevaba a la desesperación. Dejaba la oración, faltaba a Misa, dejaba la lectura espiritual y todo se le volvía muy arduo de pasar. Cuánto tiempo había pasado ya desde su última lectura, no lo recordaba. Pero al leer este pasaje de la Biblia meditó sobre la posibilidad de hacer como hizo el Rey Josafat y, como no había nadie en la sala de espera, juntó sus manos y oró así:


Señor mío, que eres Dios en el cielo y reinas sobre todo reino, que todo lo puedes y eres tan fuerte que nada ni nadie puede resistirte. Tú, oh Dios, que estás en mi alma como en tu templo, que estás en el medio de mi corazón, que me enseñas a acudir a Tí, a presentarme en este templo y delante de tu sagrado Rostro para clamar en la angustia. No tengo fuerza contra esta gran muchedumbre de males que vienen contra mí; y no sé qué hacer, por eso mis ojos se vuelven hacia Tí. No es mía la guerra, Señor, es tu guerra, por eso ahora confío en Ti.”


Después de la consulta Benicio regresó a casa, y a la hora de dormir, se dijo: “mañana saldré al encuentro de todos mis problemas, pues Dios está conmigo; todos los grandes triunfos de los hebreos fueron obra de Dios, porque en Él pusieron su confianza y no en su inteligencia, ni en la riqueza, ni en hombre alguno, ni en su propia fuerza, sólo en Dios”.


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